El Gran Oriente de Brasil La logia que fundó una nación antes de que nadie firmara la independencia
Brasil declaró su independencia el 7 de septiembre de 1822. Pero la logia que la hizo posible ya llevaba ochenta y dos días funcionando. A veces la historia empieza antes de que nadie lo anuncie.
Río de Janeiro, 17 de junio de 1822. En una ciudad que todavía se llama capital del Reino de Portugal en América, tres logias masónicas Comércio e Artes, União e Tranquilidade y Esperança de Niterói se reúnen para fundar algo que aún no existe: la primera obediencia masónica de un país que tampoco existe todavía. Brasil independiente nacería el 7 de septiembre. El Gran Oriente de Brasil nació ochenta y dos días antes.
José Bonifácio de Andrada e Silva tenía cincuenta y nueve años cuando fue elegido por aclamación primer Gran Maestro. Era geólogo, naturalista, poeta y político —esa combinación que solo produce la Ilustración tardía— y había pasado treinta años en Europa estudiando mineralogía y filosofía natural en universidades de Alemania, Francia y Portugal. Regresó a Brasil en 1819, se convirtió en el hombre de confianza del príncipe regente Pedro y se puso a construir, con la misma metodología con que había estudiado las rocas de medio mundo, los cimientos de una nación.
Pero el Gran Oriente que presidía no era un espacio de consenso. Era un campo de batalla con mandiles. Dentro de sus propias paredes convivían dos visiones irreconciliables del futuro de Brasil. Bonifácio representaba la tendencia monárquica: independencia sí, pero con Pedro como emperador, con orden y estructura. Enfrente, Joaquim Gonçalves Ledo —elegido Primer Gran Vigilante esa misma tarde del 17 de junio— encabezaba la tendencia republicana. Ambos querían la independencia. Lo que no podían acordar era qué forma tendría la nueva nación
El episodio más extraordinario de ese año ocurrió el 2 de agosto de 1822, cuando el propio príncipe Pedro fue iniciado masón en la Logia Comércio e Artes, adoptando el nombre simbólico de Guatimozin —el último emperador azteca, símbolo de resistencia ante la colonización. Tres días después, Gonçalves Ledo propuso elevarlo al grado de Maestro Masón. Y en un discurso inflamado pronunciado en esa misma logia, Ledo proclamó la Independencia de Brasil ante sus hermanos masones antes de que ningún decreto la hiciera oficial.
El 4 de octubre, Pedro I fue instalado como Gran Maestro del GOB. El 12 de octubre fue aclamado Emperador de Brasil. La logia y el estado nacían entrelazados de una manera que pocas veces se ha visto en la historia política moderna.
La tensión entre Bonifácio y Ledo terminaría mal para el segundo. Acusado de conspiración, Ledo huyó a Argentina. El Padre Januário da Cunha Barbosa fue deportado a Francia. La facción monárquica ganó. Pero la semilla republicana había sido plantada en el corazón mismo del Gran Oriente, y germinaría décadas después.
Lo que aquel 17 de junio de 1822 inauguró no fue solo una obediencia masónica. Fue un laboratorio político donde se debatió, con la intensidad que da el secreto, la forma del Brasil que vendría. La masonería brasileña participó en la abolición de la esclavitud, en la proclamación de la República en 1889 y en la construcción de las instituciones civiles del país a lo largo del siglo XIX. Todo ese camino tiene una fecha de inicio: tres logias en Río de Janeiro que decidieron que Brasil necesitaba su propio Gran Oriente antes de necesitar su propia bandera.
Lo que más me impresiona de esta historia es que la independencia de Brasil se proclamó primero en una logia, en un discurso que no estaba en ningún orden del día oficial. Así funciona a veces la historia: lo que luego se graba en mármol empezó en una sala cerrada, ante hermanos con mandil, sin que nadie tomara nota para la posteridad. Menos mal que la masonería guarda sus actas.


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